Naturaleza, espiritualidad, historia y tradición.

Lluvia

Lluvia

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6:15 a.m., suena el despertador. Te levantas, coges la ropa y vas directo a la ducha. Después de que el agua caliente te despierte un poco te arrastras hasta la cocina. Preparas tu desayuno: tostadas, café con leche y zumo. Enchufas la plancha (sí, yo soy de esos que necesita una hora cada mañana antes de salir) y repasas la ropa que te vas a poner ese día. Miras por la ventana.

Mierda, está lloviendo.

¿Y ahora qué hago? Mi cabeza se pone rápidamente a pensar en un plan alternativo porque hoy pensaba ir en metro al trabajo y eso supone caminar quince largos minutos bajo la lluvia. Y claro, eso de mojarse. Existe la posibilidad de ir en coche, aunque ya sabemos que los días de lluvia el tráfico en Madrid está mucho peor, aparte de que hoy me apetecía caminar. En un plis plas se me acaba de joder el día, mi rutina se acaba de alterar.

Si no puedes con tu enemigo, únete a él.

lluvia

6:15 a.m., suena el despertador. Te levantas, coges la ropa y vas directo a la ducha. Después de que el agua caliente te despierte un poco te arrastras hasta la cocina. Preparas tu desayuno: tostadas, café con leche y zumo. Enchufas la plancha (sí, yo soy de esos que necesita una hora cada mañana antes de salir) y repasas la ropa que te vas a poner ese día. Miras por la ventana.

Está lloviendo.

Sé lo que tengo que hacer. Había decidido ir en metro en lugar de coger el coche así que busco mi paraguas, cambio mis pantalones de pinzas por unos vaqueros, cojo un calzado adecuado para la lluvia y me abrigo un poco más. Me dispongo a disfrutar de las sensaciones que aporta un día como este.

También sé que mucha gente no opinará lo mismo y verán en la lluvia una auténtica aguafiestas. Pero bueno, seguro que con el tiempo consigo que algunos de ellos vean la parte buena de que esté lloviendo.

Salgo a la calle y empieza el festival.

El olor a lluvia es algo especial, único y agradable. Es casi como si te transportara a otro lugar. A veces huele a mar, aunque estés en el centro de la península. Otras veces huele a las plantas y flores sobre las que llueve.

El tamborileo de las gotas sobre mi paraguas acompaña al sonido de mis pasos, que suenan a chapoteo. De vez en cuando cambia el instrumento de percusión y al paraguas se une el sonido de un charco, el chorro de agua que cae de un canalón, o algún trueno lejano.

Sopla algo de viento. Es un viento fresco. Por fin ha dado una tregua el calor de estos días atrás. El viento arrastra alguna gota hasta mis manos que se creen protegidas bajo el paraguas. También empiezo a notar en los bajos del pantalón algo de humedad. Los pies andan algo fríos también, aunque en breve entraré en el metro así que hay que disfrutar el poco rato que me queda.

El día es grisáceo, oscuro, el sol no aparece. La combinación de colores del cielo es impresionante. Algunas nubes altas de color gris oscuros aparecen entre otras más bajas de tonos blanquinosos. Son densas, como si de algodón se tratara. Se mueven a gran velocidad, mezclándose las unas con las otras y creando nuevos tonos de grises. Al fondo, la sierra está cubierta de un buen manto de ellas. De vez en cuando asoma algún pico entre las nubes. Seguramente una densa niebla o una intensa lluvia esté azotando a esas montañas. Me encantaría estar ahí.

La lluvia ha convertido en una fiesta para mis sentidos el camino hasta el metro.

Y cuando crees que ya la has disfrutado, llego a mi destino, bajo del vagón y al salir a la calle la naturaleza me recuerda brevemente quién manda aquí.

Se ha levantado un fuerte viento y está jarreando, literalmente. Todo se intensifica. El sonido del agua es tan fuerte que casi no puedo escuchar los motores de los coches. El viento es tan fuerte que dobla mi paraguas y me deja inmune ante cientos de gotas de agua. Ya no es humedad lo que noto en mi ropa, simplemente se ha mojado del todo. Hasta el jersey está empapado. La tierra, cuando se enfada, te enseña lo pequeño que puedes llegar a ser.

Enseguida entro en la oficina y todo acaba. Olor a moqueta, temperatura ambiente de 22 grados con un 35% de humedad, el único aire del lugar es el acondicionado y tengo luz artificial. De nuevo empieza un día como todos los demás, dejando ahí fuera aparcada la realidad de lo que está pasando en el mundo para sentarme en mi silla de oficina y hacer lo de siempre en las mismas condiciones que siempre. Da igual que fuera haga calor, esté lloviendo o sople un huracán, mi pequeño búnker me protegerá de la naturaleza que me ha dado la vida.

Dedicado a Nuria

Imagen de portada: Foto @dani_vazquez, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0



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