La meditación

La meditación

Hablar de la meditación o de lo que es, en sí mismo, es un sin sentido. La meditación nos va a alejar de nuestra parte más racional e intelectual para dar paso a nuestra parte más espiritual. Por lo tanto, no tiene lógica utilizar las palabras para describir algo que sólo se puede sentir. Así que si eres novato en esto de meditar o has tomado un camino erróneo en tu búsqueda meditativa, espero que emplees este artículo como una llave que puede abrir, o no, puertas en tu camino hacia la verdadera meditación. Pero en ningún caso lo tomes como un dogma o una verdad, puesto que de ser una verdad sería solamente la mía.

¿Qué NO es meditar?

La meditación puede ser vivida de muchas maneras, por eso es más sencillo explicar lo que NO es que lo que es, puesto que lo que es para mí puede que no sea lo que es para ti.

Meditar no es dejar la mente en blanco, no es centrarse en la respiración, ni tampoco anular nuestros pensamientos. Meditar no es sentir incomodidad, no es sentarse en la posición de la flor de loto, no es tocar un cuenco tibetano o ni es cantar mantras. Meditar no es reflexionar, no es pensar ni es intentar anular los pensamientos negativos para quedarnos solamente con los positivos.

Meditar no es escuchar o hacer una relajación, así como tampoco es hacer una visualización.

Meditar NO es nada de eso, aunque decidas utilizar alguno de esos recursos. 

Un entrenamiento mental

Podemos entender el acto de sentarse a meditar como un entrenamiento mental. Un entrenamiento de control de nuestro pensamiento que, poco a poco, nos ayudará en nuestro día a día. El pensamiento, por lo general, no es nuestro mejor amigo. Y mucho menos en la actual sociedad de consumo rápido y bombardeo mental en la que nuestros pensamientos son constantemente manipulados y secuestrados. 

Esos pensamientos, que recuerda bien, NO SON NUESTROS, son como una manada de caballos desbocados, arrasando por donde pasan, asustado y sin control. Nuestra tarea finalmente será amansar a todos esos pensamientos para tratar que sean lo menos dañinos posible. Déjame que insista una vez más en que esos pensamientos no son nuestros: las ideologías políticas, el consumo desmesurado, el odio a determinados colectivos y el culpar a los demás de nuestros problemas, no son pensamientos que hayan surgido de nuestro ser. Por el contrario son pensamientos que vienen heredados de nuestro entorno.

Identificar esos pensamientos y mantenerlos bajo control, nos llevará poco a poco a un estado meditativo perpetuo. No será necesario sentarnos a meditar, puesto que estaremos en ese estado realizando cualquier tipo de actividad.

monje budista

Iniciando el entrenamiento

Esta difícil tarea de control debe iniciarse de alguna manera. Y es ahí donde entra la actividad de sentarse a meditar. Sentarse a meditar, especialmente al principio, es algo pesado y poco agradecido. La posición es incómoda, las piernas se duermen, la mente se queja constantemente… ¿a cambio de qué? De muy poco. Nos dedicamos únicamente a observar esas incomodidades que siempre vienen acompañadas de quejas de nuestra vocecita interior: «me duele todo«, «menudo día el de hoy«, «tengo que pasarme por el súper«, «que no se me olvide que mañana tengo que…«. 

Con ganas y fuerza de voluntad, poco a poco la postura se hará algo más cómoda y seremos más capaces en identificar a la vocecita quejándose, recordando nuestro pasado y avanzando nuestro futuro. La reconoceremos y amablemente dejaremos que se apague. La vocecita seguirá ahí siempre pero nuestro trato con ella será más cordial y nos será más sencillo dejarla ahí.

La observación e identificación de la vocecita, nos ayudará a separarla de nosotros, que pasaremos a ser meros observadores. Nosotros, nuestro ser, nuestra verdadera esencia observa y fuera de nosotros se encuentran las molestias y la vocecita que se queja.

Del entrenamiento al día a día

Los entrenamientos nos preparan para algo, y sentarse a meditar también. Esa vocecita, a la que conocemos por el nombre de EGO, no se limita a molestarnos cuando meditamos sino que siempre está activa si la dejamos. Se queja cuando suena el despertador, se queja cuando conduciendo alguien hace algo que no te gusta, se queja cuando un compañero del trabajo no hace las cosas como tú esperas y se calienta en una discusión con tu pareja. Juzga cómo deberían comportarse los demás, cómo debería ser el mundo y como deberías ser tú

Esa vocecita trae inseguridades, miedos y personajes que no somos realmente nosotros. Porque déjame que te cuente una cosa, y es que el SER humano es bueno por naturaleza. Te han engañado al decirte que cada uno es como es y al hacerte creer que en la vida, todo vale y debes ser aceptado con tus virtudes y defectos. Lo que deberían haberte explicado es que todas las personas somos seres de la naturaleza que venimos del mismo lugar y por lo tanto no puedes tener un comportamiento negativo con un semejante que realmente es parte de ti porque proviene de la misma fuente que tú.

En realidad deberían haberte explicado que tu trabajo vital en estos años consiste en apartar al personaje y dejar aflorar a la verdadera esencia que se encuentra escondida tras él. Esa esencia es como un niño, buena por naturaleza, viva, con ganas de explorar y observar desde la imaginación. Alejada del ego adulto.

Dejar aflorar nuestra verdadera esencia solamente se consigue observando e identificando al personaje de nuestro ego. Asociándole a él los pensamientos y la vocecita que no calla. Al tener localizado al personaje fuera de nosotros, lo único que queda dentro de nosotros es la belleza de nuestro ser. Y sí, esto mismo es lo que hacemos al sentarnos a meditar, solo que en mayor escala. Por eso meditar nos entrenará para luego poder disputar nuestra verdadera guerra.

Los pensamientos negativos y destructivos seguirán llegando, solo que los veremos venir y no dejaremos que enturbien nuestro ser. Llegan, son observados y se van. No ahondarán en nosotros, no nos marcarán ni generarán sufrimiento.

Esta carrera de fondo es esencial correrla en nuestra vida, pues es la única que logrará que dejemos de sufrir por todo y la que finalmente nos traerá la verdadera felicidad. La felicidad de encontrarnos en equilibrio, sin dejar que nos afecten las cosas banales y celebrando única y exclusivamente la felicidad de lo que es la vida. No la vida teniendo algo, ni la vida siendo alguien. Simplemente siendo y teniendo vida.

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